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2/6/24


 

Soy un hombre de cuarenta y cinco años que baja las escaleras con sus dos hijas. Las chicas van delante y me esperan en la puerta para que les abra. Yo llevo sus mochilas y las dejo en el piso para abrir, pero antes les recuerdo que deben tener cuidado porque por esta calle pasan autos, no como en casa de su mamá, donde la puerta da a una calle peatonal. Son las 8:39 y tenemos que llegar a la escuela a las 9:00. Me acabo de separar y todavía no tengo calculado el tiempo exacto que tardaremos.
Antes, tardaba entre 8 y 9 minutos, pero pocas veces llegábamos a las 9:00, porque sin ningún tipo de razón ni de lógica, justo antes de salir, todo se desbordaba y ellas, con toda la experiencia de sus cinco y siete años a cuestas, entraban en una dimensión en donde las horas, los minutos y los segundos, dejaban de ser una medida de tiempo confiable y menos aún importante, y ponían todo en pausa; mientras una se daba cuenta de que no le gustaba la chaqueta que llevaba puesta, la otra que los zapatos le molestaban, o se descubrían despeinadas, o recordaban que le habían prometido a un compañero llevarle un juguete que ahora no encontraban, o pasaba todo esto al mismo tiempo, mientras yo las miraba incrédulo y derrotado, sin recursos para resolver nada.
Pero ahora, en esta distancia nueva también para ellas, son las 8:39 y vamos a salir sin mayores problemas, como si ellas también necesitaran primero calcular el tiempo que se tarda en llegar desde este lugar, llamado desde hace unos días la casa del papi, a su escuela. Como si ellas también necesitaran calcular las infinitas variables de esta nueva vida antes de volver a los caprichos, costumbres y hábitos que nos constituían como familia y que nos hacía únicos, invencibles, indiferentes al reloj y al adoctrinamiento.

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